Una bonaerense perdida en Japón

Japón nunca estuvo en mis planes.

Cuando pensé en este viaje, la idea era conocer el Sudeste Asiático. Tenía todo planeado. Iba a recorrer Bolivia y Perú, y desde Lima me iba a tomar un avión a Tailandia o algo así. Pero en el medio pasaron cosas, y no hay nada más tentador en esta vida nómade, que dejarse avivar por el viento.

El día que cumplí 30 en Copacabana, Bolivia, cupido metió su flecha en el medio de mi agenda perfecta de viaje y desbarató todo. Nunca llegué a Lima. Por el contrario, en abril viajé en bus durante todo un fin de semana hacia Santiago de Chile, con el corazón embobado, y con la esperanza de haber encontrado por fin un compañero de aventuras.

Pero los cuentos de hadas no existen, y llegar a Chile fue como si el reloj de la cenicienta marcara las 12: sufrí el desencanto de la realidad. Lo que habían sido dos semanas de luna de miel en uno de los pueblos más bonitos de Bolivia, se convirtieron en dos meses de encierro tóxico en una ciudad gris. Era mi momento de partir.

Como la época de monzones en el sudeste asiático terminaba en octubre, se me ocurrió que podía irme a Japón los meses previos, a hacer voluntariado en WWOOFing (de ninguna otra manera podría haber recorrido Japón por tres meses). Tuve mucha suerte y encontré un pasaje bastante barato a Tokio, tomé coraje y sin pensarlo mucho, lo compré.

El vuelo salía desde Buenos Aires. Un par de abrazos de amor verdadero bonaerense, me ayudaron a recomponer la energía y las ganas. En dos semanas, volví a ponerme la mochila, pero esta vez, se sentía un poco más liviana.

Después de viajar casi un día entero en avión, llegué al Aeropuerto Narita, en Tokio, nerviosa como nunca. El proceso de migraciones fue más fácil de lo que creí, y en poco tiempo ya estaba afuera, sintiendo que había caído en otro planeta, digno de un cuento de Ray Bradbury.

A primera vista, todo era diferente, los olores, el lenguaje, las caras. Los colores fueron lo primero en llamar mi atención. Tonos de verdes y rosas que nunca vi, acá los usaban para casi todo: puestos de peaje, camiones, edificios. Yo iba en el bus que me llevaba a la ciudad, con la sonrisa pegada a la ventana.

Llegué a Tokio y me sentí chiquita. Puse todos mis esfuerzos sensoriales para ir correctamente al hotel. Mochila en la espalda, Google Maps en mano, y leer 300 veces los carteles del metro para entender el camino. Nunca había prestado tanta atención en mi vida, pero lo logré.

Mis días en Tokio fueron de película. Entre el jet lag, el calor del verano de agosto, y la ciudad más estrambótica de Asia, me sentía en una especie de sueño paranormal de ciencia ficción. Cuando se me acomodó la cabeza, ya tenía que irme.

Viajar al interior de Japón fue como meterme a escondidas en el corazón de un mamut. Empecé a descubrir el lado B, y tuve que adaptarme a sus reglas. Las reglas de una tradición imperante, símbolo superficial de una sociedad aparentemente perfecta.

Aprendí a sacarme los zapatos en la entrada de las casas y a ponerme las pantuflas en el baño. A barrer con escobas bajitas y que el plato de la sopa no se usa para el arroz. Las chicas tienen que casarse jóvenes y usar falda larga después de los 30. Con tatuajes no podes entrar al onsen.

Si tengo que elegir entre el Monte Fuji o los templos de Kioto, me quedo con el calor humano. Los japoneses tienen la sonrisa seteada por defecto. Hasta en el más mínimo gesto se trasluce la chispa de humanidad que los identifica. Y aunque el contacto físico escasea, tienen el superpoder de hablar con la mirada.

“Sos la primera argentina que conozco, ¿porqué viniste a Japón?” Me decían todos en un rústico inglés. Quería saber cómo vivían del otro lado del planeta, donde manejan por la izquierda y toman sopa en verano. Donde se van a dormir, cuando en mi casa se están levantando. Por 90 días pude ver cómo es el reino del revés.

Japón nunca estuvo en mis planes, pero Byakko es una palabra japonesa. Mi proyecto está marcado por este país desde el momento mismo de su creación. Siento que de alguna manera me estaba llamando, y otra vez volví a caer en la tentación de ser parte de la vorágine implacable del viento.

Al menos una de mis historias de amor salió bien este año.

Share this article
8 comments
  • Mariana
    Posted on octubre 30, 2018 at 1:28 pm

    Que belleza de relato!

    Reply
    • Byakko
      Posted on noviembre 1, 2018 at 3:19 pm

      Gracias!!!

      Reply
  • Kepy
    Posted on octubre 30, 2018 at 7:29 pm

    Ooh beatifull Kisses from bariloche!jaja kepy

    Reply
    • Byakko
      Posted on noviembre 1, 2018 at 3:19 pm

      Besitos amiga muaaa

      Reply
  • Andrea
    Posted on octubre 31, 2018 at 2:45 pm

    Me encanta viajar con tu.mirada! Elegis las palabras justas, y me lo imagino así con vos ahí, gracias por mostrarnos el mundo del revés y ponerle tanto color! 😘 Que el viento te lleve a otro bonito lugar!

    Reply
    • Byakko
      Posted on noviembre 1, 2018 at 3:20 pm

      Gracias! Que lindas palabras!! un mimo al alma <3

      Reply
  • SILVANA
    Posted on noviembre 1, 2018 at 9:08 pm

    Me encanta leerte!! me hacés viajar….sentir lo mismo que vos. Te admiro un montón!! seguí así, viviendo intensamente todo, que la vida te siga sorprendiendo a cada momento. Acá estamos nosotros acompañandote! Besotes!!!

    Reply
    • Byakko
      Posted on noviembre 2, 2018 at 3:57 pm

      gracias sil!! de verdad que me hace muy feliz saber que están del otro lado!!

      Reply

Leave a comment