Un año viajado

Escribo estas palabras a un año de haber salido de casa y a un mes de cumplir mis 31.

Les miento si les diría que soy la misma persona, esa que salió llena de dudas, miedos, con algunas certezas, esperanzada. Un año es mucho tiempo para estar fuera de “casa”, pero mi casa ahora soy yo. Mi cuerpo que me permite trasladarme, y las pocas pertenencias que me mantienen liviana, se convirtieron paulatinamente en mi nuevo hogar.

Lo que ayer era cotidiano, hoy se empieza a desdibujar. Las calles que registré más de mil veces, las caras de los vecinos que me vieron crecer, la ventana por donde entraba el sol cada mañana. La distancia me pone en duelo de lo conocido, para darme a cambio paisajes renovados, aires frescos con aromas raros.

Hasta los primeros meses de viaje empiezan a ser recuerdos. El día que salí, me había subido a ese micro en Liniers, con el pelo azul y un hueco grande en el cora. Todo era incierto pero de algo estaba segura: quería vivir viajando.

Bolivia fue el comienzo de aventura perfecto. Desde el Salar de Uyuni hasta La Paz maravillosa, que me abrazó en encuentros y en su energía mágica del altiplano, esa que te llena tanto el pecho que no te deja respirar. Tengo caporales danzando en una esquina del corazón, tengo a Bolivia vibrando en el cuerpo.

Viajar no es irse de vacaciones, ni tirarse en la playa a tomar sol tras haber tenido un año pesado, para volver unos días después a ser vos mismo en la rutina de siempre. Viajar definitivamente no es descansar.

Caminar el mundo es enfrentarte a él con osadía, es conocer todas sus caras, desde la cima más grande y luminosa, hasta el rincón mas triste y solitario. Es una tarea de aprendizaje simbiótico. Descubrir el mundo, que cambia con cada uno de tus pasos, también es descubrirte a vos mismo, que después de andarlo, nunca volvés a ser igual. Viajar, a mi criterio, es contornearse al ritmo del planeta, es develar el misterio que nos oculta el universo y que siempre estuvo adentro nuestro.

Y es regresar en el tiempo, como el día que recorrí el Machu Picchu, donde cerrando los ojos y respirando profundo me transformé en un inca, y pude sentir toda su época de esplendor, entre sus terrazas de cultivo y sus valles sagrados. O cuando caminé a través de los 32.000 torii en el Fushimi Inari-taisha de Kioto, el santuario dedicado al dios del arroz, y comprobé la belleza adonde puede llevarnos la fe. En diferentes puntos del mundo y del tiempo, nos mueven, como humanidad, las mismas cosas: la supervivencia y los ideales.

Por eso viajar también es conectarse con la tierra, y hablo de la tierra en un sentido literal. La que nos da los alimentos, en donde crecen las semillas y los sueños. Donde nuestros antepasados sembraron la esperanza que hoy cosechamos. Y viajando entendí que las grandes ciudades no existirían sin el campo, porque ahí nace la vida, de la tierra y esa persona que la trabaja de espaldas al sol. Y viajando pude ser un ratito esa persona, y le di vida al mundo y planté más esperanza que recolectará el futuro.

Este año conocí mil rostros, cada uno con ojos diferentes, mundos dentro del mundo. Como átomos, todos parte de una unidad, caminando con las cargas de nuestra historia. Encontré algunas caras con sonrisas radiantes, llenas de alegría que potenciaron mi existencia. Y también caritas con arrugas en pena, que me enseñaron el valor de lo simple y el amor a la gratitud. Me quedé ahí donde encontré paz, y me fui a tiempo de los lugares equivocados. El encuentro humano es un viaje en sí mismo y nunca es azaroso. Conocí más valientes que cobardes, más despiertos que dormidos, más soñadores que prudentes. Después de todo, el magnetismo atrae nuestras mismas frecuencias.

Viajando me acostumbré a una vida de adaptación constante. Todo es nuevo todo el tiempo, yo soy nueva todo el tiempo. Y la novedad me permite abrir los ojos cada mañana, con la frescura de la inocencia que ve todo con asombro. Me entrego a la vida. Me detengo fácilmente en los colores que llaman mi atención y los contemplo. Tengo tiempo. Ventanas, templos, montañas, sus texturas, las luces y las sombras. Observo al hombre que arregla bicicletas en una calle de Vietnam, y a la mujer alemana que viaja sola con su menopausia por Camboya. A la policía que separa una pelea en el hostel de Hong Kong a la 1 am, y la sonrisa árabe impoluta de una chica que escapó de un país opresor. En todos ellos me veo, el mundo ahora es mi espejo.

Hoy escribo estas palabras con una piel nueva, el pelo negro y el pecho entero.

Mi año viajado fue un proceso de ecdisis. Fui dejando escamas por ahí, como huellas, encontré en el nomadismo la fortaleza. Mi identidad halló su lugar en el mundo, y ya no tengo miedo. Ni a la libertad, ni a la soledad: aprendí a pararme sobre un pie mientras intenta tumbarme un vendaval.

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6 comments
  • Andrea
    Posted on febrero 6, 2019 at 7:07 pm

    Bello año de ecdisis para vos! Qué gusto leerte Sofi! 😘 Estás hermosa! Se siente el proceso personal en tus fotos! Por muchas fotos más! 🙌

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    • Byakko
      Posted on febrero 7, 2019 at 1:49 am

      Gracias Andre!!! Que tengas un hermoso año. Gracias por estar ahi <3

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  • Andrés caamsño
    Posted on febrero 6, 2019 at 10:19 pm

    Hermoso relato, te quiero mucho!!

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    • Byakko
      Posted on febrero 7, 2019 at 1:50 am

      Gracias! yo tambien te quiero mucho!!

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  • Mariana
    Posted on febrero 7, 2019 at 8:48 pm

    Sos un ser de luz…soy feliz leyéndote.
    Te amo

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    • Byakko
      Posted on febrero 8, 2019 at 5:50 am

      Gracias!! yo también te amo!

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