Montaña Arcoíris: un camino hacia lo inesperado

Montaña Arcoíris, Perú

Lloré en la cima de la Montaña Arcoíris.

Había arrastrado a Carla conmigo, luego de que acordara separarse de su marido tras una pelea sin sentido en el Mercado San Pedro de Cusco, venían mal hace rato. Ese día llovió toda la tarde y decidimos ahogar las penas en 4 litros de cerveza Cusqueña. Hacía muchos años que soñaba con conocer la Montaña Arcoíris y con el pretexto de sanar en la naturaleza, le propuse a Carla que hagamos la excursión, ella aceptó sin pensarlo.

Compramos el tour en una agencia de nombre ridículo por 70 soles, que incluía el traslado, desayuno y almuerzo, la entrada a la montaña (que cuesta 10 soles), guía profesional y oxígeno. Esto último es indispensable, ya que en la caminata se llega hasta los 5200 mts sobre el nivel del mar, y la presión puede ser fatal.

Al día siguiente me desperté 3 y 20 de la mañana, mágicamente sin resaca, y antes de que pudiera lavarme los dientes, la combi que me pasaba a buscar por el hostel, ya estaba tocando timbre. Se habían adelantado al horario pactado y encima yo era la primera a la que levantaban, Carla fue la última (estaba alojada en otro hostel), pero estaba igual de despeinada que yo. Dormimos las 3 horas de viaje hasta Pitumarca, el pueblito donde se encuentra la entrada oficial al sendero, y donde nos daban el desayuno antes de hacer el ascenso de 5km por alta montaña.

Un cartel en la entrada que decía «WELCOME TO THE MOUNTAINS COLORS», me hizo acordar instantáneamente al de Twin Peaks, hubiera pensado que lo hicieron a propósito, pero no encontré mucha relación entre David Lynch y los incas. Aunque investigando sobre el tema, descubrí una película de Jerry Hopper de 1954 que se llama «El secreto de los incas», donde el protagonista es guía turístico en el Machu Picchu, y todo el rodaje transcurre en la ciudad de Cusco. Yma Sumac (cantante peruana, descendiente del último inca Atahualpa) tiene su momento musical, que a mi me hizo acordar a Tita Merello en versión incaica.

Antes de entrar, el guía pasó presente con una lista, donde indicaba a cada turista si tenía su entrada incluida en el paquete, o si debía comprarla en la puerta. Desafortunadamente, se habían confundido desde la agencia, y después de un escándalo de 20 minutos, le hicieron pagar a Carla la entrada otra vez. Todo esto hizo que nos atrasáramos del grupo, y el guía que debía estar al final para cuidarnos, corrió hacia donde estaban todos, dejándonos atrás, solas.

Arrancamos con mala cara, pero a medida que se iban descubriendo los paisajes, nuestro humor mejoraba. El primer tramo fue tranquilo. Habíamos alquilado un palo bastón por 5 soles, que nos ayudaba a caminar, aunque por momentos me hacía sentir como una señora de 80 años, con el correr de las horas supimos que había sido una buena decisión. Durante todo el camino, los locales iban con caballos ofreciendo llevarte por algunos soles, pero los pobres animales estaban en muy mal estado y no tenían la culpa de que a mí se me ocurriera hacer trekking en Perú, así que desistimos.

Casi a mitad de camino, nos sacamos algunas fotos frente a Ausangate, una montaña nevada, la quinta más alta de Perú, donde feliz y entusiasmada, le dije a Carla que me sentía San Martín cruzando los Andes, porque siempre se puede ser un poco más exagerada.

En el momento en el que nos acercábamos a la cima, ya sin fuerzas, ni aire, y con dolor de cabeza por la presión, no teníamos al guía cerca que nos diera oxígeno, y nos sentimos abandonadas. Para colmo de males, en ese instante en que estábamos dándolo todo por llegar, se larga un granizo seguido de una tormenta de agua nieve que hizo que todos nuestros esfuerzos se triplicaran. Me puse el piloto como pude, y en medio de una revuelta de agua, viento, caballos, montañas, neblina y gente resbalándose en el barro, hicimos el final del trayecto, mientras cantaba en mi mente la canción de Rocky.

Una vez en la tan esperada montaña, nada era como lo imaginé. Llovía tanto que ni siquiera podía sacar la cámara para hacer una foto decente, el paisaje estaba en escala de grises. Entre el cansancio y la frustración, me largué a llorar como una nena de 5 años, mientras uno de los guías me consolaba y Carla me miraba sin saber que hacer.

Después de contemplar por algunos minutos el triste panorama, volvimos sobre nuestros pasos, casi corriendo, con ganas de dejar la lluvia atrás. Teníamos los dedos congelados y las manos hinchadas por el frío. Nos fuimos pensando en esa frase cliché, que dice que lo que importa es el camino y no la meta, y recordamos que no hay que dejarse llevar por la idealización de un destino que conocemos a través de fotos retocadas, que lo más lindo de un viaje son los momentos inesperados, esos que nos traen verdaderas experiencias de vida.

Como esta lluvia repentina, que me hizo vivir mi propia y única experiencia en la Montaña Arcoíris.

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2 comments
  • Andrea
    Posted on marzo 28, 2018 at 7:47 pm

    Me encanta leerte Sofi!! 😘 Con tus relatos, se viaja de una manera diferente!

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  • Mariana
    Posted on marzo 31, 2018 at 4:33 pm

    Qué hermoso relato! me hiciste reír y llorar… te adoro
    adelante con las aventuras que de eso se trata la vida.

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