Mi experiencia Vipassana en India (Parte I)

Cuando me inscribí para un retiro de 10 días en silencio de meditación Vipassana en India, no tenía ni la más mínima idea de donde me estaba metiendo.

La información acerca de esta técnica me había llegado a través de un grupo de mujeres viajeras, donde la mayoría hablaba maravillas sobre su experiencia. Y desde el momento en que llegué a Asia, supe que de alguna manera recorrería el sudeste asiático hasta llegar a la India como meta final, para practicar Vipassana.

Me anoté en el curso algunos meses antes. Los cupos son difíciles de conseguir, pero tuve mucha suerte y encontré un lugar en las afueras de la ciudad de Jaipur. Las fechas coincidían con mi itinerario, así que rellené el extenso formulario con la firme determinación de que ese día estaría lista para irme del mundo por 10 días.

Y lo logré. El domingo 7 de abril, cerca del mediodía, estaba entrando en el Dhamma Thali Vipassana Meditation Centre sin saber que no iba a volver a ser la misma persona nunca más. Como dice Buda «Todo surge y desaparece. Pero quien despierta, lo hace para siempre.»

Pero primero lo primero.

Una vez ahí, me saqué las zapatillas para entrar en recepción y entregué mi pasaporte. Llené más formularios, en los cuales preguntaban desde los nombres de mis padres hasta cómo definiría el estado de mi mente, ¿mi respuesta?: OPEN, CURIOUS, BUSY (abierta, curiosa, ocupada).

Después nos pidieron que dejemos todas nuestras pertenencias bajo custodia. La idea del retiro es que prestes completa atención a la técnica y a vos mismo, sin ningún tipo de distracción, así que entregué mi celular, computadora, billetera, libros, cuadernos y lapiceras para escribir, mi cámara de fotos, bueno, sinceramente dejé la mochila completa y me quedé sólo con la ropa. Me sentí liviana, estaba lista para desconectarme por completo.

Me dieron un papelito rosa con mis datos, mi número de habitación y la grilla de actividades diaria que comenzaba con la campana del terror a las 4 de la mañana. Ese papel junto con una botella de agua, fueron mis compañeros fieles que llevé de acá para allá durante los 10 días.

Antes de la charla de apertura, me dispuse a buscar mi pieza para instalarme. El lugar era enorme, como una comunidad llena de piecitas una al lado de la otra. Todas buscábamos la nuestra con ansias. En el camino esquivé monos, vi ardillas corriendo y hasta pavos reales que saltaban de un árbol a otro. Era una especie de Pablo Escobar meets Gandhi. Finalmente encontré la placa que marcaba FD 10 y que sería mi hogar temporal.

Era un lugar chiquito y austero, con una cama de madera, un colchón finito, y un baño. Así deben vivir los presos, pensé. Por la pared caminaba una fila larguísima de hormigas, que iba desde la ventana del baño, pasando por el lavabo, hasta la ventanita que daba a la parte de atrás de la pieza. Me disgustó sólo un par de días (había demasiadas) hasta que aprendí a convivir con ellas, esquivándolas e intentando no pisarlas.

El señor que nos dio la charla hablaba raro, primero en hindi y después en inglés. Acentuaba las palabras de forma extraña y a cada rato alejaba el micrófono y tosía un poquito mientras se tapaba la boca con la otra mano, una y otra vez. Parecía salido de una peli de David Lynch. Yo lo miraba y pensaba «donde mierda me metí».

Esa misma noche tuvimos nuestra primer sentada de meditación grupal en el Hall. Éramos poco más de 100 mujeres, los hombres estaban separados en otro sector, con el cuál no teníamos contacto.

Antes de entrar al «Dhamma Hall» (nuestra sala de meditación), en la puerta, una de las asistentes del lugar fue pasando lista como si fuera un colegio, e indicándonos el número del lugar que nos había tocado adentro para sentarnos. Sofia Caamaño, F5. Me tocó el asiento F5… parece que esto de refrescar página iba en serio.

El lugar era bastante grande y había Zafus por todo el piso. Busqué mi botón de refresh y me senté en posición de loto. Tenía junto a mí, un celular con auriculares, desde donde escucharía los discursos en español. Al lado mío había una chica rusa que también tenía sus auriculares. Frente a nosotras estaba sentada la maestra, una señora india de pelo blanco cortito, que portaba una cara tremenda de tranquilidad.

En la primera instrucción grabada que escuchamos, Goenka (quién recuperó y difundió el Vipassana por el mundo), nos explicó lo que se llama meditación Anapana. Esta consiste en prestar atención al flujo de la respiración natural, sin forzarla, observando cómo pasa el aire por las fosas nasales, en cada inhalación y exhalación. El fin es ejercitar la concentración mental, para que se vuelva cada vez más precisa y sutil. Esta técnica es la introducción al Vipassana y la practicamos durante 3 días.

El lunes 8 de abril, en nuestra primera jornada completa, sonó la campana de la pagoda tal como nos habían indicado, a las 4 de la mañana. También se escuchaban pequeñas campanitas, que hacían sonar las asistentes mientras recorrían caminando el lugar. Moría de sueño pero me levanté motivada como todos mis primeros días de clases (siempre nerd). A las 4:30 teníamos que estar todas sentadas en posición, listas para comenzar con Anapana.

Me acuerdo el sueño que tenía aquel día, y todas las chicas que llegaron tarde. Intentaba prestar atención a mi respiración, pero  mi mente se quedaba dormida, no era ni siquiera consciente de esto y la luz tenue del lugar no ayudaba. Cuando abría los ojos, veía chicas que directamente estaban estiradas en el piso durmiendo. Estuvimos dos horas así, que parecieron eternas, hasta que 6:30 sonó la campana del desayuno y corrimos.

El comedor era como el de las secundarias yankees pero mas cutre. Tenías que hacer una fila, donde agarrabas tu plato de varios compartimientos (como los que usan en India), y las chicas que estaban de servicio (estudiantes antiguas que en vez de dar donaciones, aportan su trabajo voluntario para ayudar en los cursos), te iban sirviendo la comida. Había mesas largas, que atravesaban todo el salón, y las sillas sólo miraban hacia un lado. Todas estábamos sentadas mirando en la misma dirección.

Las normas que habíamos prometido acatar, aparte del noble silencio, también consistían en no tener ningún tipo de comunicación gestual, ni mirarnos a los ojos, ni tener contacto físico. La única actividad que teníamos permitido hacer por fuera de la meditación, era caminar por las zonas destinadas a ello. Y esa zona parecía un loquero, todas caminando lentamente con la espalda erguida, en círculo y en silencio.

En todos los descansos que tuvimos el primer día, dormí. Mi cuerpo tenía que acomodarse a los nuevos horarios, y a estar sentado en el suelo durante horas, haciendo nada más que prestando atención a la respiración. Naturalmente la mente se dispersa en cuestión de minutos, y requería mucha paciencia y esfuerzo volver a retomar la atención cada vez.

El segundo y tercer día, avanzamos un paso más en Anapana, y cambiamos el foco de atención, hacia el triángulo que comienza desde las ventanas de la nariz, hasta la parte superior de los labios. Teníamos que observar únicamente las sensaciones en esta zona en particular, cualquier cosa que sintiéramos: frío, calor, transpiración, pinchazos, picazón. Y lo más importante de todo, no reaccionar a ninguna de ellas. Este entrenamiento permite desarrollar la atención y el control mental, pero no es nada fácil.

Por momentos me frustraba, pensando que los 10 días iban a ser así. Estaba aburrida de sólo sentir mi respiración durante horas y horas (10 horas al día exactamente, con intervalos). El tercer día fue el primero que sentí que quería irme. Me empezaron a surgir dudas sobre los beneficios de la técnica: ¿tiene sentido lo que estamos haciendo? ¿esto me va a llevar a algún lugar?.

A pesar de lo duro del aislamiento y el silencio, éstas fueron condiciones elementales para que el trabajo personal diera sus frutos. Todas las emociones y pensamientos por las que tuve que atravesar, las superé mirando hacia adentro, inspeccionando y aprendiendo de forma auténtica. Esto es casi imposible de hacer si uno está en contacto con el mundo exterior y sus distracciones.

Todo lo que me causaba risa el primer día, o las dudas sobre el valor real de este retiro, se disiparon a partir del día 4, cuando comenzamos finalmente con la técnica Vipassana concreta.

 

Continuá leyendo la segunda parte de mi experiencia Vipassana en India haciendo click acá.

 


¡Suscribite para recibir por mail
más info e historias sobre mi viaje!

Comparte este artículo
12 comentarios
  • Maxi
    Publicado en mayo 17, 2019 a 1:23 pm

    Dale che!! La 2da parte!

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 18, 2019 a 6:05 am

      jajaja paciencia dije 😛

      Respuesta
  • Mariana
    Publicado en mayo 18, 2019 a 3:33 am

    Que atrapante y maravillosa experiencia!!!!

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 18, 2019 a 6:05 am

      Así fue 🙂

      Respuesta
  • Will
    Publicado en mayo 18, 2019 a 12:01 pm

    Impresionante el texto, estaba contigo en el paseo de locos que diste ? espero la segunda parte

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 18, 2019 a 1:33 pm

      jaja gracias por leer!! pronto les compartiré el final 🙂

      Respuesta
  • Andrea
    Publicado en mayo 18, 2019 a 4:02 pm

    F5.. genial!!! ? Decime q ya tenés la parte 2 escrita.. ? y va a haber una 3ra tb, no??! ??

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 19, 2019 a 3:18 am

      jajaja estoy en eso!! en estos días comparto! gracias por leer 🙂 <3

      Respuesta
  • ariana swi
    Publicado en mayo 18, 2019 a 9:13 pm

    Quiero seguir leyendo!!!!!

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 19, 2019 a 3:19 am

      Siiiii prontito el final!! Gracias por pasar 😀

      Respuesta
  • Mel
    Publicado en mayo 19, 2019 a 11:01 pm

    lo acabo de leer!! ya me atrapó la historia jaja quiero la segunda parteeee!

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en mayo 21, 2019 a 2:52 pm

      gracias amigaaaa pronto se viene el final 😀

      Respuesta

Deja un comentario