De Chiang Mai a Ubud: una semana en tránsito

Nunca me costó tanto llegar a un destino como a Ubud.

Me encapriché que quería pasar las fiestas de fin de año en Chiang Mai. Tenía sentido. Necesitaba cerrar el 2019 en la que fue mi casa durante 5 meses de ese hermoso año. Aunque la realidad es que me estaba costando soltarla.

Llegué a Chiang Mai por primera vez en Junio, arrastrándome desde un viaje extenuante y agotador por las tierras indias, que en dos meses consecutivos me azotó a olores, gritos, bocinazos, comidas picantes, intensidad y mugre. Me dejó de cama. Amé India más que a cualquier amor de la adolescencia, pero a ella no hizo falta soltarla, me expulsó sola.

Un mes en Nepal, perdida en la burbuja mística de su budismo tibetano fue suficiente para volver a acomodar el eje y afilar la brújula. Todos los caminos conducían a Chiang Mai.

Esta ciudad me recibió llena de verde, agua, soleada y brillante, con un tamaño perfecto, ni muy grande como para ahogarte, ni muy chica para aburrirte. Yo que venía toda cubierta de polvo de los Himalayas, me bañé en su encanto de frescura tailandesa, atardeceres de montaña y deliciosos pad thai. Descansé abrazada a su cálida bienvenida, y no me pude resistir ante semejante conquista. Chiang Mai me había atrapado para siempre.

Bueno para siempre no, pero casi.

El hilo enmarañado que tenía tejido en mi cabeza se fue desatando con suavidad, y mi mente fantasiosa le adjudicó poderes especiales a este lugar. Poderes especiales y amor, claro. Y todo ese refill de plenitud que estaba viviendo en algún momento iba a acabar, o al menos se iba a transformar para darle chance a otros lugares a que tuvieran también su oportunidad de protagonizar por un rato esta historia de vida nómade.

Fue así que me compré un pasaje a Bali para el martes 7 de enero, y desde ese día empezó el duelo.

Tenía que ir con tiempo a Bangkok para hacerme la visa de Indonesia en la embajada, así que cancelé 4 noches en mi departamento, y el mismo 1 de enero después de haber dormido sólo 5 horas por el festejo de año nuevo, me fui de casa con mucha tristeza, me calcé la mochila y me embarqué en un tren de tercera clase con destino a la capital tailandesa.

Empecé mi 2020 viajando 15 horas en un tren tailandés, pasando la noche en un asiento duro y diminuto al lado del baño.  Nunca apagaron la luz del vagón, la gente iba a venía y yo intentaba dormir con una chalina en los ojos, cabeceando la ventana y creando en mi espalda un cúmulo de contracturas que duraría varios días. La escena era deprimente.

Pero no sabía lo que significaba lo deprimente hasta que llegué a las 6 de la mañana a mi hostel en la zona roja de Bangkok donde no me dejaron hacer el check-in hasta las 2 de la tarde. Mal dormida, acalorada y sucia, me despatarré sin fuerzas en uno de los sillones de la oscura pocilga y esperé paciente a que me dieran habitación.

Hubiera preferido seguir durmiendo en el sillón si sabía que en la cama de abajo mío iba a tener a una vieja de mierda que se quejaba de todo y hacía ruido 24 horas al día como si viviera sola. Bienvenida otra vez a la vida de hostel.

Ese mismo día caminé bajo el sol hasta la embajada con 32 grados de calor para tramitar la visa. Me había alojado ahí justamente porque quedaba “cerca” y ya tenía todos mis papeles en regla listos para entregar. Pero al llegar, la embajada estaba cerrada y yo tenía los días contados antes de mi vuelo. Todo el ajetreo por irme antes y rápido de Chiang Mai había sido en vano.

Este año iba de mal en peor y solo habían pasado 2 días.

Pero un golpe de suerte cortó la racha o eso parecía. Amigues del camino me invitaron a dormir a la casa, salvándome del bullicio constante del barrio de putas, bares y expatriados calientes. Eso sí, quedaba en las afueras de la ciudad pero como iba a dormir lejos de la vieja ruidosa, pasar el rato en buena compañía y estaban cerca del aeropuerto, me pareció una idea brillante.

Pero la que no fue brillante soy yo, que un día antes de irme de Tailandia, me doy cuenta de que el aeropuerto desde dónde salía mi vuelo quedaba en la otra punta de la ciudad, y lo que me ahorré con ese ticket de tren en tercera clase lo tuve que gastar en un taxi carísimo para llegar a tiempo.

Bali me esperaba anochecida y desde el aeropuerto caminé a oscuras hasta un hostel cercano en Kuta para dormir y poder viajar de día a Ubud en un transporte local.

Mi país número 27 me recibió con taxistas mafiosos, calor, hacinamiento y precios inflados, pero al final creo que ese trayecto denso, chicloso y eterno fue el condimento perfecto para que me distraiga y no volviera a pensar en lo inevitable: que Chiang Mai había quedado atrás y que me tocaba encontrarme con una nueva historia en un nuevo lugar.

 


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8 comentarios
  • Maxi
    Publicado en enero 30, 2020 a 12:00 pm

    Me gusto la descripción del barrio “ barrio de putas, bares y expatriados calientes” promete x lo menos.

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    • Byakko
      Publicado en enero 30, 2020 a 1:39 pm

      jaja prometedor XD yo corrí lejos. Gracias Maxi, siempre al pie del cañon <3

      Respuesta
  • Pau
    Publicado en enero 30, 2020 a 1:27 pm

    Es tan, lindo leerte.
    Paula desde UY.

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en enero 30, 2020 a 1:38 pm

      Muchas gracias por el cumplido y por leer 🙂

      Respuesta
  • Andy
    Publicado en enero 30, 2020 a 2:47 pm

    Me encantan tus descripciones, cómo transformas un bajón en poética…me deja tranquilo que tuviste años de entrenamiento viajando en el San Martín, eso nos prepara para todo, jajaja

    Respuesta
    • Byakko
      Publicado en enero 30, 2020 a 3:16 pm

      jajaja Argentina nos prepara para más de lo que creemos 😛

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  • Andrea
    Publicado en enero 30, 2020 a 3:07 pm

    Qué lindo que escribís! Estaba esperando el final feliz pero quedó en «to be continued».. jaja así q me quedo esperando… 😀

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    • Byakko
      Publicado en enero 30, 2020 a 3:18 pm

      Gracias Andre!! si, esta vez el final no tuvo tanta vuelta, quedó medio inconcluso pero es que todavía no termino de llegar a Bali jaja

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